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Silbatos y palabras

De rieles y palabras

Jaime Muñoz Vargas

De rieles y palabras.

Jaime Muñoz Vargas

 

En memoria de Ramón Muñoz Macías, tío que mucho supo de caminos.

 

Acabamos de golpe: su domicilio estaba
 contiguo a la estación de los ferrocarriles,
 y, ¿qué noviazgo puede ser duradero, entre
 campanadas centrífugas y silbatos febriles?

Ramón López Velarde
“No me condenes”

 

Algo extraño ocurrió cuando pretendía a Yolanda, la hija del ferrocarrilero. De aquella aspiración por hacerla mi novia sobreviven una cicatriz en el abdomen y varios moretones en el recuerdo, aunque sería ingrato si no reconozco que fue un instante donde la felicidad del enamoramiento ingenuo, casi adolescente, se mezcló con mis primeras incursiones en la narrativa seria.

Para entonces ya era buen lector de pura poesía, y era lógico que sin orientación y sin experiencia me iba a hundir en muchas narraciones de tercera calidad, prescindibles. Por eso el contacto con Rosa les, mi maestro de literatura en la prepa, fue una revelación que me sacó del pozo y me dio simultáneamente la difícil cercanía de Yolanda y el contacto con algunos verdaderos escritores.

La conocí en la escuela, y desde que se atravesó en mi vida supe que para alcanzarla Ramón López Velarde “No me condenes” me debía mover con astucia. Era sin duda la más bonita de la prepa y esa lamentable realidad provocaba que muchos cocodrilos anduvieran tras sus huesos, así que me puse en acción con lo único que podía usar para seducirla: la literatura.

Yo era ingenuo, creía aun que las letras tenían capacidad para asombrar a las mujeres, y le escribí un sentido poema donde exaltaba su belleza con versos trasnochados, totalmente melosos.

Le di la cartita en un pasillo de la escuela —no sé de dónde saqué agallas para emprender esa cursilería— y contra mi inmediata sensación de ridículo y fracaso, Yolanda tomó su teléfono, marcó el número que le anoté al final del poema y llamó. Fue un momento de mareo, de éxtasis. Te invito a mi casa, susurró con vocecita de canario, y no dejé pasar esa misma noche para aterrizar en su zaguán. Aquella casa era una especie de museo. Quedaba a una cuadra de la estación de trenes, y pertenecía a un viejo ferrocarrilero retirado, el abuelo de Yolanda, un hombre que todavía usaba paliacate rojo al cuello y gorra de mezclilla algo grasienta, como si se mantuviera en activo.

Digo que la casa parecía un museo porque el abuelo se había en cargado de tupir las paredes con cuadros y cuadros de motivos ferrocarrileros. No eran buenas fotos ni buenos marcos, pero estaban todos enmarcados a los muros con femenino esmero, como si se vieran muy bonitos. Yolanda era huérfana de padre, y su abuelo era la autoridad en ese sitio. El abuelo nos rondó mientras platicábamos. Se presentó ante mí como don Plácido, arrojó luego dos o tres piropos a su nieta y se fue.

Esa noche estuve dos horas con Yolanda, la escuché en estado hipnótico, y hubo un momento en el que pensé que todo estaba ocurriendo muy fácilmente, como un sueño invadido sólo por el traca-traca lejano de algún tren que también hacía sonar su poderoso silbato. Al salir de allí eran las diez. Caminé al lado de las vías, tuve la tentación de entrar a un restaurancito que estaba por allí, pero lo evité.

Ocurrió algo extraño: una como sombra me seguía de lejos, inubicable. Caminé más rápido y al fin llegué a la para da del camión. Dormí entre nubes. A la mañana siguiente yo estaba todavía ido por la generosidad de Yolanda. Fui a la escuela y el maestro Rosales, que me daba literatura y había sido el primero en elogiar mis embrionarias dotes con la palabra, comentó que le habían encargado la publicación de una antología breve y novedosa. Le pregunté que qué era eso, una antología, y me explicó. Lo malo es que no se me ocurre nada, dijo. Tiene que ser de cuentos, la publicación para la fiesta del 20 de Noviembre, agregó.

Sin querer, abrí la boca, pero con la cabeza en otro lado: ferrocarriles, dije. Eso, eso es, ferrocarriles, dijo el profe Rosales con cara de que liquidaba un apuro. Es 20, la Revolución, los ferrocarriles tuvieron mucho qué ver, perfecto, gracias, Andrés, añadió. ¿Cómo?, pregunté con gesto de no saber lo que pasaba.

Haré una antología de cuentos con tema ferrocarrilero, y tú me ayudarás, dijo. ¿Y cómo ayudaré?, respondí. Fácil, dijo, irás a sacar copias de los cuentos. Mira, vamos a armar la pequeña lista. Fuimos a la casa del maestro Rosales, y en una hora tenía listos los libros; yo iba a fotocopiar un cuento de cada uno, y él me lo indicó por medio de separadores en cada volumen. Toma el dinero, y además de la copia que me traerás por favor saca una para ti, ese será tu pago. Hice el trabajo, se lo entregué en unas horas y, todavía intriga do, con mi legajo en las manos, leí el primer cuento, “El guardagujas” de un tal Arreola.

Esa noche fui al museo de Yolanda. No estaba, pero el viejo me dijo que la esperara un rato. Así lo hice. En una banquita del zaguán miré sin ganas los cuadros ferrocarrileros, y me aburrí una hora, solo. Bueno, pensé que estaba solo, pero no. Desde una puerta con mosquitero el abuelo me miró todo el tiempo, como si él fuera un duende, un ser invisible.

Me despedí con hipócrita agradecimiento. Vuelvo mañana, le dije y salí. Una especie de sombra me seguía, pero no pude ubicarla en lo cerrado de la noche. Otra vez me sentí aliviado cuando alcancé la parada de Ruta Norte. Al siguiente día leí un cuento más, “Final del juego”, de Cortázar. También era de trenes, como el de Arreola.

Trataba sobre unos niños que se hacían señas para comunicarse, señas parecidas a las que hacen losmarineros o los acomodadores de aviones, como de estatuas. Es un cuento largo y raro, y le dediqué la tarde. Cuando levanté la cara ya era hora de buscar a Yolanda. Ahora sí la encontré, y en medio de su plática me dio a entender que rondaba por su vida un exnovio algo irascible, un mu chacho de barrio que todavía merodeaba, un joven ferrocarrilero. Pero no pasa nada, puedes seguir viniendo, dijo. No le comenté nada, me hundí en alguna charla sobre libros y sobre autores, pues buscaba impresionarla. Le mencioné al tal Cortázar leído pocas horas antes. Salí de nuevo a las diez –el abuelo no la dejaba más tiempo– y al caminar por las vías divisé a lo lejos, en la penumbra, una vaga silueta que hacía señales con las manos.

Pensé que era una visión, pero de cualquier manera apuré la marcha hasta recalar en la parada. Tuve suerte: el camión estaba a punto de partir hacia mi rumbo. La cosa iba rápido en mi enamoramiento de Yolanda. La vi en la mañana, me la topé a la salida de su clase de álgebra, y quedamos en volver a conversar en su zaguán. Te espero a las ocho, dijo. Allí estaré, prometí.

Esa tarde me dejé caer “El Sur”, un cuento firmado por Jorge Luis Borges. También allí había trenes. Releí varios párrafos, para entenderle, y al final de aquel esfuerzo que dé con la sensación de haber entrado a otra realidad, al mundo perfecto de las letras. En fin, era literatura solamente, y me preparé para la cuarta expedición al zaguancito de Yolanda. Ella y el abuelo me estaban esperando. Esa vez el abuelo me ofreció agua de melón, y la acepté. Yolanda esta ba cada vez más linda, pero algo en ella no encajaba del todo en el museo. Traté de adivinarlo: ella era un ser concreto, hermosa mente concreto, y la casa-museo, además de fea, parecía un ámbito irreal, ajeno por lo menos a Yolanda. Pensara lo que pensara, Yolanda y yo estábamos allí, charlando, acercándonos poco a poco, edificando des de los cimientos el noviazgo que me dejaría por fin tocarla, besarla, presumirla en todas partes.

Esa noche Yolanda me despidió con mayor coquetería desde su puerta. Le dije hasta mañana, pero el silbato de un tren atropelló mi despedida. Caminé unos metros, Yolanda cerró su puerta y lo primero que intenté fue divisar las sombras. Asombrosamente no había nada. A lo lejos se escuchaba el paso cansado y metálico del tren, pero nada más. La noche estaba quieta, estrellada toda, y me entró confianza. Ahora sí me echaría algo en el restaurancito.

Entré, y además del dueño del local allí estaban dos jóvenes de rostros indiferentes y macizos, graves como ídolos de piedra. Uno de ellos, el más fornido, usaba una gastada gorra de ferrocarrilero. Pedí un pozole y lo comí despacio, esperando que se fueran los dos sujetos, y lo logré. Quince minutos después pagué mi cuenta y busqué a zancadas la zona donde el camión engullía pasajeros. Mirando hacia atrás, apurado, doblé a la vuelta de la esquina.

Oí el silbato remoto del tren, y cuando regresé la vista al frente allí estaban los dos tipos, esperándome. –Conque Yolandita, eh cabrón –dijo el fornido, y sin decir más tiró el puyazo con un cuchillo. Caí herido, y sólo alcancé a ver cómo corrieron. Recordé los cuentos, sobre todo “El Sur”. Perdí el cono cimiento y desperté, no sé cómo, en la blancura deprimente de un hospital. Era como una pesadilla, una pesadilla de la que salí vivo, sólo con una cicatriz en el abdomen y el deseo de no buscar más a Yolanda.

No buscarla y no leer proféticos cuentos de ferrocarriles. Hacer lo contrario producía demasiadas peligrosas coincidencias. De paso concluí, para mi lopezvelardeana tranquilidad, que ¿qué noviazgo puede ser durade ro entre campanadas centrífugas y silbatos febriles?