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Cruce de caminos

Andre Gunder Frank Lumpen-burguesía latinoamericana: ¿Condena ética, condena histórica?

Marcos Águila
Jeffrey Bortz

Andre Gunder Frank.1
Lumpen-burguesía latinoamericana: ¿Condena ética, condena histórica?

Marcos Águila*
Jeffrey Bortz*

“El sueño de la razón produce monstruos”.
Francisco Goya

La obra del sociólogo Andre Gunder Frank (1929-2005) semeja, en su campo de acción, la vasta y magnífica producción del pintor Francisco Goya (1746-1828) en su vertiente bautizada como “pintura negra”. En sus caprichos, disparates y proverbios, Goya retrató con maestría al pueblo español y a la alta jerarquía de la monarquía y la Iglesia. Pero no lo hizo de manera delicada y ajena, sino tomando partido; es decir, a partir de la crítica: una crítica aguda, profunda e hiriente. A tal punto esto es así que sus grabados hoy se pueden comprender como una suerte de repertorio universal de vicios, defectos, intrigas, supersticiones, fanatismos y esperanzas de su época, e incluso también, en alguna medida, de la naturaleza humana en general. Gunder Frank logra, desde la perspectiva de las ciencias sociales, un lienzo semejante.

La obra de Frank es tan vasta, que para este ensayo hemos tomado una sola veta, una sola línea de investigación que, como cuando se lanza una piedra a una laguna apacible, crea una sucesión de efectos, una suma de reflexiones con repercusiones que alcanzan nuestro presente. Se trata del concepto de lumpenburguesía latinoamericana, mismo que Gunder Frank unió al de lumpendesarrollo latinoamericano.2

En realidad, los conceptos de lumpenburguesía y lumpendesarrollo de Frank pueden prescindir de su apellido latinoamericano. Es factible discutir su aplicación a lo largo y ancho del mundo atrasado y subdesarrollado en general que, como su autor recalcó en innumerables ocasiones, está indisolublemente unido al propio desarrollo capitalista. Ambos son parte de un proceso único, simultáneo, integral (y no sucesivo, por etapas, o aislado en regiones autárquicas, como han sos tenido muchos autores).

Ahora bien, Gunder Frank establecía con las palabras lumpenburguesía y lumpendesarrollo, al unir lo más bajo de la escala social (lumpen) con lo más alto en cuanto a expectativas sociales (burguesía, desarrollo), una condena que era al mismo tiempo ética e histórica hacia el sujeto histórico involucrado. Era una crítica fulminante a las posibilidades de que las burguesías nacionales de los distintos países de América Latina pudiesen encabezar procesos de independencia política que condujesen a una forma de desarrollo con mayor equidad hacia las clases populares. Se trataba de caricaturizar a las endebles burguesías nacionales, carentes de un proyecto propio y viable de crecimiento y desarrollo autónomos. Y no se trataba de una simple descalificación dogmática, sin fundamentos.

Frank hurgaba en el comportamiento político que en la historia de la formación de las sociedades latinoamericanas habían tenido sus clases dominantes, en particular, el elevado peso de sus ligas con la tierra y su deuda perenne hacia los favores estatales. Hurgaba también en la combinación con las formas de intervención y dominio extranjero en la región, desde el periodo del virreinato español, pasando por la hegemonía inglesa, hasta la reciente dominación estadounidense y sus emisarios de la segunda posguerra: las grandes corporaciones trasnacionales con predominio de capital de Estados Unidos. En lo que sigue, revisaremos el argumento histórico de Frank (con sus aristas política y económica), para concluir con una reflexión acerca de las posibles claves de lectura contemporánea de la reciente ola de democratización en varios países latinoamericanos en el inicio del presente siglo.

Hacia fines de 1969, mientras preparaba la edición del pequeño libro que nos servirá de referencia central a estas notas, Lumpenburguesía: lumpendesarrollo, Gunder Frank advertía con cierto disgusto que los conceptos de “dependencia” y “desarrollo del subdesarrollo”, con los que había trabajado incansablemente hacía años, en particular durante una de sus estancias más fructíferas en Brasil, hacia 1963, se habían vuelto moneda corriente en la sociología del establishment. Frente a ello, Frank, que fue un rebelde incorregible, procuraba encontrar en su propia terminología elementos que lo separasen del reformismo, también en el lenguaje. Como señala en sus notas autobiográficas:

De la producción del concepto de Dependencia al consumo de la Teoría de la dependencia, ésta prosperó, a pesar de su temprano y continuado rechazo, resistencia y ataque. Este enfoque ‘alternativo’ encontró poco apoyo entre la derecha ortodoxa, alguno de la izquierda estructuralista reformista, los comunistas aliados a la Unión Soviética, los trostkistas y pronto también los maoístas. No obstante, la dependencia fue ‘consumida’ en América Latina y otras partes del mundo.3

El concepto de lumpenburguesía no correría la misma suerte: la popularidad casi instantánea, que obtuvo el de “dependencia” o el de “desarrollo del subdesarrollo”, no obstante, el concepto sí captura el espíritu de atraso forzado y la deformidad del desarrollo económico y social de la región, como los “caprichos” de Goya lo hacen de más de un noble o cortesana dibujados con orejas de burro o cara de cerdo.

La crítica acerca de la capacidad transformadora de las burguesías nacionales se encuentra unida a la propia caracterización de la dependencia latinoamericana. Así lo expone Frank: “Si la dependencia fuera solamente ‘externa’ podría argumentarse que la burguesía ‘nacional’ tiene condiciones objetivas para ofrecer una salida ‘nacionalista’ o ‘autónoma’ del subdesarrollo. Pero esa salida no existe... precisamente porque la dependencia es integral y hace que la propia burguesía sea dependiente”.4 El argumento de Frank en cuanto a la degradación de las burguesías nacionales latinoamericanas apunta también a dejarles su carga justa de responsabilidad histórica frente a la sumisión ante el poder económico externo.

Al tratar el subdesarrollo como una resultante tanto de fuerzas externas como internas, no toma mecánicamente a estas últimas como inermes frente al exterior, sino que les adjudica a las clases dominantes latinoamericanas el papel de comparsas del dominio conjunto. Les reclama su desdén hacia la disputa por la hegemonía en sus propias naciones. Se podría decir que las desnacionaliza, en un sentido peyorativo, no como un proceso de conquista, sino como uno de sumisión: “Es así que, implantada en la era colonial y ahondada en la del libre cambio, la estructura nacional y clasista del subdesarrollo se consolidó en América Latina con el comercio y el capital imperialista del siglo XIX. Se convirtió en una burguesía satelizada actuando a través del Estado corrompido de un antipaís”.5

Desde luego, Frank no era el único que pensaba de manera semejante en cuanto al (casi inexistente) potencial revolucionario de las burguesías en países atrasados. Ya Lenin había planteado (y llevado a la práctica) la teoría del “eslabón más débil” para cobijar el asalto al poder del Estado en Rusia. En alguna medida, las revoluciones china y cubana atienden también a un patrón de debilidad intrínseca de sus burguesías nacionales.

En América Latina, Eduardo Galeano publicó en 1971 (mismo año en que aparece Lumpenburguesía: lumpendesarrollo) un trabajo que alcanzaría un impacto notable en los movimientos de resistencia al avance imperialista en el continente, así como en el ámbito académico, el libro Las venas abiertas de América Latina, con un notorio sello de influencia de los pensadores de la corriente dependentista, una de cuyas figuras centrales era Frank.

Escrita con una calidad literaria fuera de lo común en el ámbito de la sociología del desarrollo, Las venas abiertas... alcanzaba casi cincuenta reediciones y reimpresiones en 1987. En esta obra abundan las referencias a las limitaciones estructurales de las clases dominantes latinoamericanas. En el contexto del fin de la etapa de industrialización por sustitución de importaciones, Galeano realiza la siguiente caracterización: “La burguesía latinoamericana [es una] burguesía de mercaderes sin sentido creador. Atada por el cordón umbilical al poder de la tierra, se hinca ante los altares de la diosa Tecnología”.6

En esta sección de su obra Galeano apunta a otra característica del proceso de reproducción de las burguesías nacionales en Latinoamérica: su creciente atraso tecnológico (y en consecuencia de productividad). Destaca cómo las empresas “mixtas” constituían uno de los últimos reductos de supervivencia de estas clases dentro de los sectores modernos, pero más bien como “decoración” del poder extranjero que como liderazgo productivo propio.

Galeano, siguiendo a Frank, considera que desde los inicios de la era independiente “La burguesía se ha asociado a la invasión extranjera [de inversiones] sin derramar lágrimas ni sangre [...] El crecimiento fabril de América Latina había sido alumbrado en nuestro siglo desde fuera [...] la burguesía latinoamericana nació del vientre mismo del sistema agroexportador[...]”.7 Es decir, el origen agrario de muchas fortunas optó por reinvertirse en la industria sólo por razones externas, no por vocación propia. Los ferrocarriles, por ejemplo, símbolo paradigmático del progreso económico en el siglo XIX, fueron diseñados y construidos por ingleses o estadounidenses, casi nunca por nacionales. Ni el petróleo ni la minería, ni siquiera sectores significativos de la industria textil, fueron desarrollados por capitalistas locales.

Ya en el siglo XX, la fuerza del impacto de la crisis del comercio externo durante la Gran Depresión indujo los mayores avances de industrialización en la región. Pero las burguesías nacionales no lograron estos avances sin ayuda, lo cual es comprensible, pero sobre todo no lograron establecer un liderazgo económico y moral en las sociedades en las que prospera ron más. Lo hicieron detrás de tarifas aduaneras progresivamente más elevadas. Lo hicieron con el subsidio estatal de por medio. “El Estado ocupó el lugar de una clase social cuya aparición la historia reclamaba sin mucho éxito”.8

La condición proteccionista de los esfuerzos de industrialización iniciados en América Latina como fruto de la depresión de la década de 1930 hasta el boom de la posguerra, no evitó la competencia imperialista, que se reanimó en un plazo más bien corto. Paradójicamente, la hizo partícipe del banquete. La inversión extrajera saltó las barreras arancelarias como moderno Caballo de Troya (el “caballo” era la industria del automóvil, en primer término) y se dedicó a expandir a sus anchas su presencia en los mercados protegidos, desde un horizonte tecnológico premeditadamente mediocre.

Galeano, citando a Frank, nos ofrece el ejemplo de una planta de la General Motors instalada en Toluca, México. Según Leo Fenster, un delegado sindical estadounidense de visita en dicha planta en julio de 1969, la misma era “peor que arcaica”, “peor, porque fue deliberadamente arcaica, con lo obsoleto cuidadosamente planeado [...] Las plantas mexicanas son equipadas deliberadamente con maquinaria de baja productividad”.9 Puede decirse más. La utilización de equipos obsoletos en el espacio capitalista avanzado no lo es en el espacio del subdesarrollo. Así, mucha de la palabrería a favor del libre comercio se reduce a la intención del capital que exige renovación en posponer la fecha de su desahucio.

Por cierto, que este fue uno de los pilares del Tratado de Libre Comercio entre México, Estados Unidos y Canadá, firmado en 1994. Como la ropa de “segunda mano”, que inunda los mercados populares mexicanos y entra al país en carros de ferrocarril repletos de “pacas” de prendas usadas, con tallas que no son las de ese país y hacen que en las calles abunden personas vestidas con camisetas y otras prendas, exageradas con respecto al tamaño de sus cuerpos, que ofrecen otros tantos “modelos” de andrajosos similares en sustancia a la antigua pintura de Goya, modernizada. Entre tanto, la industria textil mexicana, e incluso la maquila textil de baja productividad, ha emigrado hacia China, en su enorme mayoría sin boleto de retorno. Una estación intermedia se encuentra hoy en América Central.

Gunder Frank realizó algunos de los trabajos pioneros para refutar la extendida idea de que la falta de desarrollo económico y social en Amé rica Latina era producto de la escasez relativa de capital. Y no es que el capital abundase en la región, sino que el flujo de entrada de capital proveniente del exterior era inferior al que salía de la región por la vía de pago de regalías y otros conceptos:

Yo fui la primera persona -escribió Frank en su Autobiografía- que publicó un recuento de las balanzas de pago y de cuenta corriente, que distinguía entre servicios y mercancías. Con base en el nuevo sistema de cuentas demostré claramente que el déficit de cuenta corriente de América Latina se debía al gran déficit de la cuenta de servicios, en particular el derivado del pago de servicios financieros.10

La descapitalización “gota a gota” se volvió un torrente en la década de 1980 y marcó la crisis de la deuda externa (la elocuencia del título Las venas abiertas de América Latina habla por sí mismo) e incluso ha llegado a provocar la caída de varios regímenes. Ya en los años noventa del siglo XX, uno de los casos más notable fue el de la crisis argentina en el año de 1999; la crisis del llamado corralito, que expropió a las clases medias de sus ahorros. La profundización de los mecanismos de exacción del excedente de Latinoamérica por la vía financiera, de finales del siglo XX y principios del XXI, se ha traducido en una redefinición de los grupos burgueses nacionales en la región.

La política de privatizaciones forzadas condujo a que una pequeñísima minoría de beneficiarios locales lograra concentrar volúmenes de riqueza estatal a precios ridículos, al punto de transformarse en capitales con capacidad de acción trasnacional. Un caso emblemático es el del empresario Carlos Slim, de México, que ha escalado al tercer puesto más alto entre los multimillonarios del globo.11 Desde su empresa original clave, Telmex, virtual monopolio de los servicios telefónicos en ese país que le fue subastada a precio de gang, ha ampliado sus tentáculos hacia Colombia; al sur de Estados Unidos, a Brasil y a Cuba y el resto del mundo. Sin embargo, la enorme mayoría de los capitales nacionales medianos y pequeños en América Latina se fragmentó y debilitó aún más.

La lumpenburguesía en su conjunto se polarizó y perdió poder de negociación. Por otra parte, los capitales trasnacionales avanzaron en el control de la mayor parte de la economía de América Latina. Algunas matrices europeas, en particular españolas, participaron del botín. Tal es la situación contemporánea. El lumpendesarrollo prevalece.

La debilidad intrínseca de las burguesías nacionales en América Latina contrasta con la fortaleza relativa de las burguesías metropolitanas, en particular con la trayectoria histórica de la de Estados Unidos, que fue capaz de hegemonizar a la región entera en diversas facetas, desde la Doctrina Monroe a la Guerra Fría y a la actual “Guerra contra el terrorismo”.

En 1912, el presidente Taft afirmó:

No está lejano el día en que tres banderas de rayas y estrellas señalen en tres sitios equidistantes la extensión de nuestro territorio: una en el Polo Norte, otra en el Canal de Panamá y la tercera en el Polo Sur. Todo el hemisferio será nuestro, de hecho, como en virtud de nuestra superioridad racial, ya es nuestro moralmente.12

El Estado, tanto el de los países centrales como el de los atrasados, realizó tareas fundamentales para generar los resultados que aparecen a la vista. En Estados Unidos, tras la independencia de las trece colonias, y más aún después de la victoria de los industrialistas del norte en la Guerra Civil de mediados del siglo XIX, se aplicó sin miramientos una política proteccionista según el ejemplo de Inglaterra. Ulises Grant, el general victorioso, señaló: “Pues bien, señores, el conocimiento que tengo de mi país me hace creer que, dentro de doscientos años, cuando América haya obtenido todo lo que puede obtener de la protección, adoptará también el libre cambio”.13

Vencido el plazo, Estados Unidos reclama del exterior facilidades al comercio que ellos no ofrecieron históricamente al interior de su territorio. Durante los siglos XVIII y XIX Estados Unidos amplió de manera notable sus fronteras y fortaleció instituciones esta tales favorables a la empresa privada, con un peso muerto mucho más ligero que en Europa, que ha cargado con su propia historia monárquica y religiosa de antiguo. En cambio, en América Latina, durante dicho lapso se consolidó la experiencia del “desarrollo del subdesarrollo”. La mayor parte de los gobiernos liberales aprobó de manera dogmática el libre cambio, que los desarmó para crear una base industrial propia. No obstante, los comienzos de la escasa oferta industrial y sobre todo los esquemas de desarrollo autónomo partieron de sectores de la inteligencia estatal, interesada en fortalecer a la nación.

Desde sus orígenes, los Estados latinoamericanos más grandes procuraron crear empresas y empresarios. Con salvedades, sus esfuerzos fueron casi vanos. Una historia empresarial de América Latina, aún por escribirse, echaría luz sobre la justeza de la caracterización de Gunder Frank.

Sin embargo, es claro que existe un apresuramiento en el juicio sumario, ¡Lumpenburguesía impotente!, al menos para ciertas etapas de la vida independiente de países como México, cuya Reforma y Revolución fueron las más radicales del continente. Así lo indican, entre otras, la obra de Daniel Cosío Villegas sobre el porfiriato, o las de Alan Knight y Friedrich Katz sobre la Revolución. Otro caso es el de Argentina, donde, por ejemplo, Tulio Halperin Donghi, en Revolución y guerra: formación de una élite dirigente en la Argentina criolla, desmenuza la compleja historia de la formación de las clases dominantes al comienzo del siglo XIX en aquel país. O bien el fino trabajo sobre las clases dirigentes en Brasil a mediados de dicho siglo publicado por Richard Graham en 1990, Patronage and Politics in Nineteenth Century Brazil.

Pero Gunder Frank no reclamaba ser historiador profesional. Como sucede cuando se tienen razones, pero se carece de razón (por ejemplo, los actos suicidas de autoinmolación de hombres-bomba en Palestina o Iraq), en el caso de Frank parecería que tenía la razón aunque le faltasen en ocasiones razones particulares, aunque omitiese algunas piezas del rompecabezas histórico. Su trabajo era esencialmente interpretativo, no histórico propiamente dicho, ya que, como él señalara de manera explícita, el de historiador “es un oficio que no es el mío”.14

Frank repudió el reformismo con una fuerza que le provenía tanto de la razón como, al parecer, del hígado y el estómago; de las entrañas. Al evaluar los avances del proceso de “industrialización hacia adentro” de América Latina en la posguerra, no los consideró otra cosa que “el instrumento eficiente de la creciente dependencia y del mismo subdesarrollo [...] debe reconocerse que en el fondo fue la misma burguesía que se hizo representar primero por un Getulio Vargas y después Castelo Branco y Costa e Silva; por un Justo, un Perón... por un Cárdenas que designó como su sucesor a Ávila Camacho [...]”.15

Existe demasiada simplificación histórica en estas caracterizaciones, y es con base en ellas que Frank previene contra la vocación reformista que, a su parecer, asomaba la cabeza a finales de la década de 1960, cuando escribió más sobre América Latina: “algunos de los problemas políticos principales del presente derivan de la supervivencia del vástago deforme y de los esfuerzos de cierta gente por animarlo a producir otro hijo semejante”.16

Otros estudiosos latinoamericanos contemporáneos de Frank, como Theotonio Dos Santos (alumno de Frank) o Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto, autores del influyente ensayo Dependencia y desarrollo en América Latina, sostuvieron una visión más optimista sobre las burguesías latinoamericanas. Pero Frank iba todavía más lejos. Dado que el alumbramiento de un nacionalismo burgués era “imposible” bajo las condiciones del ascenso (neo) imperialista, y “convierte en utópico todo sueño de recomenzarlo en el futuro; es decir, utópico para la burguesía, pero políticamente suicida para el pueblo”.17

Frank añadía que tal “suicidio político” era vigente no sólo para América Latina, sino también para Asia, África y “particularmente Indonesia”. La visión de Frank era ya extraordinariamente amplia, como mostraría en sus trabajos subsecuentes, que saltaron a la consideración ya no de 500 años de historia, sino de ¡cinco milenios!: Del y desde el Hemisferio Occidental (y del “Occidente” cultural), al Oriente originario, de ahí su título Re-Orient.

¿Qué pensaría Gunder Frank sobre el hecho de que unos meses después de su muerte un dirigente indígena cocalero en Bolivia alcanzase la presidencia, con una amplia mayoría electoral, en diciembre de 2005? ¿Será Evo Morales, “en el fondo”, un representante de la burguesía en aquel país? O bien, ¿la burguesía se habrá hecho representar por su contrario, o al menos uno de sus contrarios? A principios del siglo XX se vive en América Latina una nueva ola de democratización política que se levanta sobre los escombros de una destrucción social y económica perpetrada por el proceso de globalización en curso.

Una suerte de indignación cívica se levanta sobre una barbarie digna de las escenas de “Los desastres de la guerra”, que pintó Goya tras la invasión francesa de territorio español de 1808 a 1814. Se trata de un movimiento supra nacional, aunque conserva raíces nacionales o hasta locales profundas (como en el caso de Bolivia). Es también un fracaso de la lumpenburguesía latinoamericana y del poder hegemónico de Estados Unidos, cuyo cenit quizá se alcanzó con la caída del muro de Berlín, en 1989 y, desde entonces ha iniciado su declive paulatino.

Cuando Gunder Frank falleció, casi dos terceras partes de la población latinoamericana eran gobernadas por regímenes que se autonombran de izquierda; por autoridades electas bajo ese supuesto; es decir, en abierta oposición a los resultados económicos y sociales de los regímenes pro-capitalistas que hicieron en la década de 1980 una “década perdida”, con crecimiento nulo, a la que se sumó en esencia una nueva década de desencanto en la de 1990. Es interesante que, en contraste, el premio Nobel Joseph Stiglitz haya titulado su libro más reciente (2003), sobre la economía estadounidense: Los felices noventa. ¿Felices para quién? Para el Imperio. Así, Stiglitz agregó en el subtítulo: La semilla de la destrucción. Es interesante también que el sociólogo conservador estadounidense Samuel P. Huntington, en su trabajo sobre los ciclos de democratización política en el mundo a partir del siglo XIX, considere un alza en el proceso de avance democrático el periodo abierto en 1974 con la revolución de los claveles en Portugal, hasta el cierre de su revisión histórica (1990). Para entonces, de 130 países en que se encontraba dividido el mapa político del mundo, 59 o 45 % caían en la categoría de “democráticos”, contra sólo 24 % de 1973 (cuando sólo 30 de 122 eran considerados así.18

La cuota de América Latina en dicho proceso no fue menor, tras el ciclo previo de militarización que tuvo en el golpe de estado de Augusto Pinochet en 1973, su símbolo más notorio. Gunder Frank fue uno de los miles de intelectuales reprimidos durante dicho acontecimiento; en su caso, con el exilio, y un constante peregrinar por Europa, Estados Unidos y Canadá.19 La inclinación ideológica de los gobiernos civiles de la década de 1980 fue marcadamente liberal (y proestadounidense), pero a esos gobiernos les llegaría su hora una década más tarde. Se trata pues de una contramarea, el que, a partir de inicios del nuevo milenio, en la región se haya desplazado a varios de esos gobiernos conservadores por otros de factura popular, precedidos por movimientos de resistencia de masas amplios y profundos.

Así sucedió en Chile, con las manifestaciones por el No contra Pinochet; en Brasil, con las huelgas generales encabezadas por el Partido del Trabajo; en Argentina, con la rebelión urbana contra el sistema partidario en tero; en Uruguay, por detener el deterioro acelerado de los niveles de vida derivados de la dependencia regional y la crisis del vecino fuerte, la propia Argentina; en Venezuela, por un movimiento cuyo eje inicial era terminar con la corrupción de la Democracia Cristiana; así sucede hoy en Bolivia, tras una cruenta lucha popular contra los intentos por privatizar el gas y el agua. La inclinación del electorado latinoamericano hacia la izquierda no se produjo en el vacío. La democracia electoral puede tener consecuencias peligrosas para las clases dominantes, locales y trasnacionales. No en balde en Bolivia, un país tan lacerado por la desigualdad económica y étnica, el sufragio universal no se conquistó sino hasta 1952.

En Chile el proceso democratizador colocó al anciano general Pinochet en la picota y el descrédito de la corrupción, y lo hizo cumplir un arresto domiciliario que duró hasta el 10 de diciembre de 1996, día de su muerte. De alguna manera el espíritu del presidente Salvador Allende recuperó las riendas de la historia. Los gobiernos de transición, no obstante, no abandonaron del todo la política anterior, al aplicar políticas librecambistas más o menos ortodoxas, al lado de algunos esfuerzos redistributivos internos y una diversificación de su comercio internacional hacia el Este, durante la década de 1990. Ricardo Lagos, mandatario chileno del año 2000 al 2006, gozó de una popularidad notable hasta el final de su mandato y fue sucedido por Michelle Bachelet, quien gobernó hasta el 2010, siendo la primera mujer en ser jefa de Estado en Chile. Fue la candidata favorita de una coalición socialista durante los comicios de enero de 2006. Le seguiría en el mando en el 2010 Miguel Juan Sebastián Piñeir Echanique, pero luego retomaría el cargo a partir de 2014. En Argentina, la violenta crisis financiera de fines de los años noventa del siglo XX condujo al presidente Néstor Kirchner a repudiar la deuda externa y a lograr una renegociación favorable para las deterioradas finanzas públicas y una recuperación inicial tras la expropiación masiva de los ahorros de las clases medias detrás de la figura del “corralito”.

Kirchner ha contado con las ventajas de un natural repunte de un piso económico artificialmente bajo para la economía argentina, y encontrará mayores obstáculos de aquí en adelante. En Brasil, el exlíder sindical metalúrgico, Luis Ignacio “Lula” da Silva, se movió en el filo de la navaja de una estructura institucional aún dominada por sectores conservadores, y una política redistributiva que intentó ampliar el mercado interno. En Uruguay, que se vio arrastrado por la crisis argentina, se produjo un levantamiento cívico de factura semejante, encabezado por Tavaré Vázquez, un militante de izquierda de larga trayectoria, quien ocupa hoy la presidencia y lo hará hasta el 2020.

El proceso más vistoso de todos (y en cierta medida el más frágil) es el que encabezó Hugo Chávez en Venezuela, quien llegó al poder tras ocupar la prisión por encabezar un intento de golpe militar y alcanzó la presidencia tras una victoria electoral incuestionable. El triunfo electoral permitió una incipiente organización popular. Chávez, por su parte, ejerció desde el principio un liderazgo personal bastante autoritario con una retórica radical cuyo sustento económico estuvo en los veneros de un petróleo sobre apreciado en el mercado mundial. Paradójicamente, en ese punto específico, la presión a levantar el precio del crudo coincidió con los protegidos trasnacionales de Bush y el presidente Chávez.

A la muerte de Chávez, ocurrida en el 2013, fue sucedido por Nicolás Maduro, quien se mantiene en el poder. En fin, de alguna manera, el pivote energético de una alianza comercial latinoamericana que le da vida a un hasta hace poco debilitado Mercosur se encuentra precisamente en Venezuela. El ascenso político de Chávez y el excedente petrolero contribuyeron también a que Cuba recupere algo de su otrora notable influencia en la región.

La geopolítica que rodea a América Latina, con un peso creciente de China en el mercado mundial y su garganta insaciable de materias primas, así como la extensión objetiva del tamaño del mercado regional conjunto, permiten abrir la puerta a la esperanza de un crecimiento económico no sujeto a un posible boicot por parte de Estados Unidos y del capital trasnacional. Más aún: el tamaño del mercado conjunto podría crecer, ya que en la lista de posibles gobiernos de orientación centroizquierda aparece incluso México, donde existe un candidato que procede de una coalición de carácter socialdemócrata, Andrés Manuel López Obrador, que cobró fuerza electoral a partir de su gestión como jefe de gobierno de la ciudad más populosa del continente, la Ciudad de México.

El recambio presidencial en Perú podría asimismo conducir a otro candidato izquierdista a la cima del poder estatal. Colombia, Ecuador, Centroamérica y el Caribe, quedarían pendientes. ¿Optimismo exagerado? Difícilmente. El camino por andar sería de enorme complejidad y sacrificio, sólo que con un horizonte de mayor equidad. Además, no existe certeza alguna sobre el futuro. En numerosas ocasiones los triunfos populares en las urnas se revirtieron fuera de ellas, como sucedió en Guatemala, Brasil y Chile, o a través de las urnas, como en Nicaragua, Brasil y México. Sin embargo, la magnitud del reto levantado por la nueva ola democratizadora parece lo suficientemente sólida como para provocar reacciones de rechazo y preocupación en sectores liberales ilustrados, como sucede con la revista Letras Libres.

En uno de sus números, la revista se ocupa de lo que considera un retroceso notable en el panorama político de la región, y titula al número “Crustáceo latinoamericano”. Como los cangrejos, se ilustra, iríamos para atrás (y ya antes Letras Libres había dedicado otros números a su cruzada contra el “populismo”).

Krauze, el director de la revista, en un debate fraternal con Mario Vargas Llosa, el famoso novelista peruano, excontendiente presidencial (derrotado) frente a Fujimori y colaborador asiduo de la propia revista, se ocupan de descalificar a Fidel Castro, a Chávez, a Kirchner, a Morales, y se muestran apenas condescendientes con Lula, pese a que todos ellos subieron al poder del Estado tras una clara victoria electoral democrática. Krauze escribió en 1984 un influyente ensayo al que tituló “Por una democracia sin adjetivos”, en el que reclamó limpieza electoral para México (lo que suponía la eliminación de un agravio histórico) y descalificó las etiquetas a la democracia. Pero la democracia precisa de apellidos para ser comprendida.

René Zavaleta, uno de los intelectuales latinoamericanos más sólidos, de cepa profundamente boliviana, propuso cuatro: la democracia “como movimiento general de la época”, como “representación”; como “problema de la teoría del conocimiento”, y como “autodeterminación de las masas”.20 Krauze no se mete en honduras, pero ahora sí califica el ascenso de izquierdistas y socialdemócratas en la región como ¡Cangrejos!, pues no le agrada su perfil ideológico: “[...] la democracia no se refrenda únicamente con el triunfo de las mayorías, como hemos visto en el caso de Chávez, sino con muchos otros ingredientes. Si no es liberal la democracia, la democracia se vuelve contra sí misma, se convierte en demagogia y tarde o temprano desemboca en una dictadura”.21

La dictadura, es verdad, no debe descartarse. Al menos desde El 18 Brumario de Luis Bonaparte, contemporáneo de Goya, sabemos que la dialéctica República-dictadura (en que la una contiene a la otra) es una realidad de nuestra época. En América Latina, la historia de caudillaje autoritario recorre la región entera y ha servido de musa involuntaria a la emergencia de casi un subgénero literario regional: desde El general en su laberinto (novela en la que Gabriel García Márquez aborda el tema del final de Simón Bolívar) hasta La fiesta del chivo (donde Vargas Llosa hace lo propio con el general Trujillo), pasando por El Señor presidente, de Miguel Ángel Asturias y La vida de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes.

La naturaleza de la lumpenburguesía contemporánea, hoy polarizada entre unos cuántos magnates beneficiarios de la globalización y gestores interesados de la misma, y una mayoría de capitales menores, desplazados por la despiadada competencia internacional, ha favorecido una debilidad estructural en el Estado y parece haber abierto la puerta para que otras clases y grupos sociales (trabajadores urbanos marginados, sectores de la clase media, sindicatos, campesinos empobrecidos, mino rías étnicas rebeldes) tomen su puesto para encabezar un movimiento de “autonomía relativa regional”, apenas consciente de sí mismo, pero animado en proyectos económicos trasnacionales, como el del gasoducto del Sur, promovidos desde algunos Estados.

Este movimiento de resistencia a la globalización excluyente cuenta ahora con el indispensable apoyo del control de la administración estatal (que aún no del poder) y la vigilancia de los grupos sociales parcialmente organizados, en varios países. La apuesta es que el proceso conduzca hacia un desarrollo que deje de ser lumpen, que destruya las imágenes de horror “a la Goya” y transforme en caduco el análisis de Gunder Frank, acaso el mejor tributo de sus esfuerzos de toda la vida. En su Autobiografía, Frank recuerda una larga carta de doce cuartillas escrita en julio de 1964 y dirigida a varios amigos cercanos en Estados Unidos. Allí explica su compromiso con la lucha política por el desarrollo en América Latina, donde había decidido residir, que potencialmente conduciría a lo que él define como:

[…] una separación del sistema del exterior para transitar hacia un socialismo interno autosuficiente (o hacia alguna forma de cooperación socialista internacional no definida) para poder hacer viable un desarrollo económico independiente o no-dependiente. Prácticamente no consideré y dejé para el-momento-de-cruzar-ese-puente-cuando–lo-encontremos, el cómo un programa económico y social de desarrollo posterior a la revolución sería promovido y organizado […]22

Parecería que hoy nos encontramos en medio del puente, carecemos de recetas, pero se cuenta con la voluntad política de cruzar. ¿Será su ficiente?23

Referencias:

1 En abril de 2006 se cumplió el primer aniversario de la muerte de Andre Gunder Frank. Una versión en inglés de este ensayo se publicó en la revista Austrian Journal of Development Studies, vol. XXII, núm. 1, 2006.
2 André Gunder Frank, Lumpenburguesía, lumpendesarrollo. México, ERA, 1971.
3 A. G. Frank, Autobiografía. México, UNAM, 1999, p. 10.
4 A. G. Frank, Lumpenburguesía, lumpendesarrollo, op. cit., p. 14.
5 Ibid., p. 79, las cursivas son nuestras.
6 Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina. México, Siglo XXI, 1971, p. 405.
7 E. Galeano, op. cit., pp. 344-345.
8 Ibid., p. 346.
9 A. G. Frank, Lumpenburguesía, lumpendesarrollo, pp. 119-120, citado en E. Galeano, op. cit., p. 410.
10 A. G. Frank, Autobiografía, op. cit., p. 9.
11 Hoy día es el primero.
12 Citado en E. Galeano, op. cit., p. 172.
13 Citado en A. G. Frank, Lumpenburguesía, lumpendesarrollo, op. cit., p. 68.
14 Ibid., p. 18.
15 Ibid, p. 98.
16 Idem. Las cursivas son nuestras.
17 Idem.
18 Samuel P. Huntington, The Third Wave. Democratization in the Late Twentieth Century. Norman, Estados Unidos, University of Oklahoma, 1991, pp. 24-26.
19 A. G. Frank, Autobiografía, op. cit.
20 René Zavaleta, Lo nacional popular en Bolivia. México, Siglo XXI, 1986, pp. 295-307.
21 Enrique Krauze et al., “Crustáceo latinoamericano”, tema central en Letras Libres, vol. VIII, núm. 85. México, 2006, p. 20.
22 Autobiografía, 1999, p. 9.
23 A la luz del impacto de la crisis económica global del 2008 y sus repercusiones en diversas zonas del mundo, incluidas las guerras en el Medio Oriente y la desaceleración en China, es difícil sostener una visión optimista respecto del futuro del avance democrático en América Latina. De hecho, las elecciones del 2015 en Argentina parecen anunciar el final del ciclo democratizador en los gobiernos de varios países de la región, que se relata en el ensayo, y entrar en concordancia con una lectura más ortodoxa del concepro de lumpenburguesía de Gunder Frank