El señor de palo
Efrén Hernández
El señor de palo[1] (fragmento)
Efrén Hernández[2]
Sería, puede opinarse, algo cansado; más a no ser porque he echado raíces, haría largos viajes en los trenes nocturnos a través de la República.
Ya no soy otra cosa que un árbol cualquiera, un árbol que desea viajar en tren o, por lo menos, dar de tiempo en tiempo unos pasitos.
No es increíble que hasta me conformaría con alcanzar, aunque me doliera el brazo, la cinta, el lapicero, etcétera, objetos que están sobre la mesa, según mis cálculos, a un metro de distancia de mis manos.
Quiera Dios que de pronto me quedara ciego. Ya ciego, pienso que iría perdiéndoseme la noción de espacio y que estaría muy mal; pero no tanto como viendo algunas aves que suelen revolar sobre las nubes, mientras yo no puedo moverme hasta la mesa; noventa centímetros, un metro, tres cuartos de metro distante de mis manos que, a su vez, son otras cosas, como los objetos extraños.
Y las ruedas de mi sillón de paralítico son de motocicleta. Este detalle complica inverosímilmente mis ideas. Hace tiempo, conocí a una muchacha que se prostituyó. A medida que se degeneraba se abatía su ánimo, hasta llegar su abatimiento a convertirla en una paralítica del alma.
Cuando visité su alcoba, todo me lo esperaba yo, menos encontrar en la cabecera de su catre un crucifijo.
Pues bien, entonces, y también cuando supe que San Lucas está en su juicio, mis pensamientos echaron maromas semejantes a las que se ven en este circo que establezco cada vez que medito en el asunto de las ruedas.
Fuera de ésta, puedo decir que no tengo otras complicaciones. Supon gamos que llueve; función que puede suceder, función que de hecho sucedió antenoche: oiría el ruido del agua. Eso es, antenoche, en tanto que llovía, yo escuchaba. El mundo parecía un tambor; la lluvia, una tamborilera, y el viento, un eminente bailarín provisto de una flauta.
No me parece hacer notar que estas metáforas imaginativas son sin complicaciones, sin vueltas y sin líos. Con todo, estrictamente hablando, no dejan de existir sus diferencias. Esta azotea, otras azoteas, el patio, que son algunos lugares que suenan y se mojan cuando la lluvia es en nuestro rumbo, entre mí, se convierten en cosas espaciosas. Muchas clases de mares; unos contemporáneos, otros del tiempo en que se atribuían al mundo figuras fabulosas, otros sin fecha, todos con una infinidad de agua, y el cielo socorriéndolos aún.
Todos los cántaros de que dispone el cielo -hechos, no palabras- están a la disposición del mar. Y esta operación es absurda y triste. Absurda, porque el mar tiene más agua que el cielo; triste, quien sabe por qué.
Ahora supongamos que no llueve, aunque considerándola, no es necesaria esta suposición, puesto que en realidad no llueve.
Como no llueve, los ruidos que oigo ahora no son los de los aguaceros, sino de otro estilo. ¡Pum! ¿Trueno? Efectivamente, pero no un trueno de rayo. Se trata de un trueno de chiquillo, de un trueno de bola de chiquillo, el cual, una bola de inflar, al infló más de la cuenta hasta que se le reventó…
Yo nací muy serio.
Y cuando yo nací todos estaban serios, menos la vida que, desde luego, se puso a coquetear conmigo.
Éste es el juego del estira y afloja de la vida.
La vida es el ajedrecista, parece el ajedrecista del estira y afloja, tiene el vicio, la testarudez de un ajedrecista en aquel juego. No piensa más que en jugar con todo al estira y afloja.
Un tren pitó a esas horas la señal de partida. Nadie lo oyó.
Nadie estaba pensando en nada de lo que hay entre una locomotora y un caboose. Trajeron una batea con agua, trajeron una esponja y un jabón, y cuando acabaron de bañarme mi madre estaba muerta.
¿A quién podría importarle un tren?
Dijeron que yo tenía negras las entrañas; mi madre acababa de morir, y yo tan serio, pensando en el pito del tren que partía.
Pasaron doce años. ¿Cuántos trenes pasaron hasta entonces?
Yo era extraordinariamente serio. Acostumbraba cortarme cada dos meses el cabello, en una peluquería en que por seis centavos daban veinticinco cacahuates, contaban las noticias y cortaban el pelo.
Pasaron algunos años.
No sé ni cómo nos hicimos ricos.
Ahora me cortaba el pelo dos veces por semana y en una peluquería de todo lujo, llena de espejos y manicuristas; pero yo echaba de menos la otra peluquería y los unos cuantos cacahuates de otros tiempos.
De la hacienda trajeron una vez una carreta de cacahuates. De esa carreta me regalaron un costal intacto. Y yo lo vendí sin probar un cacahuate, y con el importe compré un boleto en la estación en que pitaban los trenes al partir…
Ahora no soy otra cosa que un árbol cualquiera, un árbol que desea viajar en tren o, por lo menos, dar, de tiempo en tiempo, unos pasitos.
Esto de caminar en tren, de noche, a la luz mortecina de los carros de segunda, vecinando con gente somnolienta es, pueden pensar algunos, un poco cansado.
Pero los espíritus fuertes, los espíritus grandes, no saben de cansancio; antes, en estas circunstancias, y aun en otras tenidas por verdaderamente lamentables, van haciendo gimnasia. Y es en su provecho, porque se les desarrollan, si las tienen, las aptitudes filosóficas.
Y si el sujeto de la acción del verbo ir en tren es soñador, no podrán contarse los castillos en el aire que fabrica, ni los primores con que los adorna.
adorna. En cuanto a mí, sea dicho de pasada, participo de las dos naturalezas arriba mencionadas. Soy un poco artista; en otros tiempos, cuando Dios quería, dibujaba unos monos muy interesantes; pulsaba la guitarra hawaiana con mucho sentimiento y habría llegado a ser una lumbrera del violín si no fuera indispensable tener un oído muy exacto para dominar este instrumento...
[1] Selección realizada por Isabel Bonilla, jefa del Departamento de Biblioteca Especializada del Cedif. Fragmento del cuento tomado del libro de Alejandro Toledo, El hilo del minotauro. Cuentistas mexicanos inclasificables. México, Fondo de Cultura Económica, 2000, pp. 17-56.